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Suena genial Nah, no me interesa

En su novela El loro de Flaubert, Julian Barnes describe a través de la voz flaubertiana encontrada en los diarios del escritor francés, en su correspondencia, en los relatos de sus amigos y en su obra, la zoología esencial de su horizonte literario. En el capítulo «El bestiario de Flaubert», el desfile es feroz: Osos, pardos, blancos; perros, románticos, domésticos, fantásticos; corderos, camellos y loros, por supuesto.

La primera vez que leí a Gustave Flaubert fue con Madame Bovary. Fue mi primera gran novela, era adolescente, estaba en la secundaria. Caí presa de ella, de su terribilitud, del horror mutuo de la condición femenina de Emma, la protagonista, pero también del desagrado que me producía su simpleza y su vulgaridad; entonces no sabía todo eso, no lo habría nombrado así. Entré con Emma a la trampa del Bovarismo; un círculo recursivo que fue mi inicio en la Literatura. Aunque ya leía, para mí fue la asunción definitiva de ser lectora, la epifanía de ser el otro, el significado de la experiencia lectora; Emma también era lectora y, como yo, estaba dominada por el deseo de vivir otras vidas, la de los otros. Moi aussi. Yo también era Madame Bovary.

Mis lecturas de Flaubert se prolongaron en la facultad, La educación sentimental, Tres cuentos, Salambó, y lo intenté con Bouvard y Pecuchet. Sin embargo, no recuerdo ningún animal recorriendo a trancas el paisaje flaubertiano, mi memoria es así de selectiva, como la lectura.

Ahora leo a Barnes. Descubro que Flaubert, además de multitudinario, era un hombre de múltiples bêtes, hasta el punto de estar convencido de su bestialidad. Es cierto que esta recurrencia por las bêtes es un rasgo de los realistas franceses, Balzac no dudo en llamar a una de sus protagonista Bette, casi bestia, estúpida. Pero en Flaubert la animacidad o animalidad va más allá de sus propios personajes y, si seguimos al narrador de Barnes, se desliza hasta él, pero sin la repulsa de Balzac. Quizás porque es ahí en la animalidad, donde recordamos más nuestra humanidad, el contraste por ausencia. Pero ante todo, Flaubear (como le llega a llamar el Dr. Braithwaite, el narrador biógrafo) se consideraba así mismo un Oso: «Soy un oso y quiero seguir siendo un oso en mi guarida, en mi madriguera, en mi piel, en mi vieja piel de oso; quiero vivir tranquilo, lejos de los burgueses y las burguesas». El Oso de Croisset siguió rugiendo hasta su muerte en 1880, «tan fuerte como un oso en su cueva».

Pero ahora leo a Barnes, y en Barnes a Flaubert, y en ellos a mí. Me doy cuenta que también soy un oso, una osa, otros animales. Soy un montón de fieras: «un león, un tigre, un tigre de la India, una boa». Cuando me siento pletórica de fuerzas, soy un buey, una esfinge, una alcaravan, una elefanta, una ballena. Soy una ostra en mi concha, un caracol en mi concha, un erizo enroscándose. Soy una lagarta literaria tostada al sol de la Belleza, y una curruca de estridente gorjeo oculta en la espesura de los bosques para que nadie pueda escucharme. Me enternezco como una vaca; me siento tan fatigada como un asno; pero también chapoteo como una marsopa. Trabajo como una mula; vivo una vida capaz de matar a tres rinocerontes; trabajo como quince bueyes. Pero me encierro a descansar en mi madriguera como un topo. En ocasiones, soy «un búfalo salvaje de las praderas americanas»; pero en otras soy «mansa como un cordero». Con los amigos, de vez en vez hablo como cotorra. Ante las pérdidas, en público lloro como una ternera y, en privado, aúllo como una gorila.  Sobre todo, soy un oso, una osa, una osa testaruda, una osa profundamente hundida en mi oses por culpa de la necedad de mi época, una osa sarnosa, y hasta una osa disecada. Puedo ser una osa parda, oscura, castaña, pero ante todo soy una osa blanca; «fría, distante» que se zambulle con elegancia a cazar peces, que tiende «emboscadas a las focas cuando emergen a respirar». Una osa marítima, una osa aristocrática, una Osa Mayor.

Flaubert, c’est moi. Flaubear, c’est moi.

Je suis le bear. Je suis l’ours. Je suis l’ursa major.

De Flaubert & Barnes En su novela El loro de Flaubert, Julian Barnes describe a través de la voz flaubertiana encontrada en los diarios del escritor francés, en su correspondencia, en los relatos de sus amigos y en su obra, la zoología esencial de su horizonte literario.
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